viernes, 16 de octubre de 2009

La historia de Aribeth

PROLOGO

Faromhir, antiguo soldado de la Legión de Ventormenta, perdió una pierna en la batalla de Dalaran y tuvo que retirarse. Llegó a Ventormenta entristecido por las hazañas que no cumpliría y las gestas que ya no realizaría. Obtuvo un trabajo como ayudante del bibliotecario de Ventormenta y allí aprendió a realizar actos heroicos y gestas fantásticas por medio de su pluma, las historias no estaban muy bien escritas, pero eran un cuento ideal para niños, con princesas, dragones y malévolos hechiceros en un mundo denominado nuncainvierno. La mayor heroína de ese mundo era Lady Aribeth de Noyvern, capital de nuncainvierno.



Poco tiempo después el fragor de una nueva guerra acabo apagando la chispa de vida que quedaba en Faromhir y sus cuentos cayeron en el olvido, hasta que fueran rescatados por una niña que vivía en el orfanato de Ventormenta.

Había llegado de Ciudad del lago hacia ya siete años y era una lectora apasionada, sobre todo de las crónicas relacionadas con Lady Aribeth y aspiraba a ser como ella en el futuro.

El dejar apartados otros quehaceres en favor de la lectura o escaparse a la catedral para observar a los paladines de la ciudad le llevo a numerosos castigos y no muy buena prensa. El resto de niños del orfanato la trataban como un bicho raro porque no salía a la calle, donde ellos disfrutaban subiendo a árboles y lanzando piedras a los canales, ella nunca protestaba. Siempre era objetivo de bromas, constantemente le cortaban el pelo, le echaban las gachas del desayuno en su catre y mil diabluras por el estilo, ella nunca protestó, hasta que un día llego otro huérfano al hogar de la niña y fue nuevo objetivo de burlas y bromas, la niña salio en su defensa proclamándose Aribeth y lesionando a varios niños.

Los que regían el hospicio decidieron enviarla a la abadía de villanorte para quitarse el problema de encima, pero a partir de aquel momento todo el mundo la llamó por su nuevo nombre, Aribeth...

CAPITULO I



Los aullidos cogieron a Aribeth por sorpresa igual que al resto de la abadía, la única diferencia era que ella aun no se había dormido, había estado llorando mucho rato por haber sido rechazada por los paladines, eres muy joven y además, ¿una mujer paladín?, lo de la juventud podría soportarlo, aunque sabia que no era razón, pues iniciados de la orden tenían también doce años y estaban recibiendo entrenamiento, pero lo de ser mujer no podía cambiarlo...

Ahora con los aullidos y rugidos de los lobos tan cerca de la abadía esos pensamientos pasaron a un segundo plano, por la ventana del granero podía ver las formas oscuras con ojos brillantes deslizarse entre la hierba que relucía como la plata a la luz de la luna. Varios hombres armados habían salido a hacerles frente, desde donde Aribeth estaba podía ver los campamentos comerciales totalmente destrozados, las lonas de las tiendas estaban extendidas entre los árboles mientras los mercaderes o bien yacían en el suelo sin moverse o corrían a la desbandada perseguidos por varios animales.

Entonces apareció él, el oficial de la abadía, un paladín de verdad con su reluciente armadura y su maza sagrada, caminaba imperturbable entre las bestias, asestando certeros mazazos, de vez en cuando alzaba una mano ante una bestia y esta chocaba contra un muro invisible y caía moribunda. El paladín caminaba en línea recta con una determinación admirable, tenía un objetivo...

Aribeth miró un poco más allá y vio una enorme bestia negra, con grandes colmillos que relucían en la noche con un horrible color escarlata, ahora miraba fijamente al paladín que se había quedado solo en su avance... Aribeth los perdió de vista entre los árboles, soltó una maldición y bajó corriendo a la parte baja del granero, se disponía a salir a toda prisa, pero se lo pensó mejor, rebuscó entre las herramientas y cogió un mazo de carpintero que sopesó con una sonrisa...

El paladín había llegado a la altura de la bestia perdiendo de vista el resto de la batalla desde donde llegaban gritos y aullidos por igual. Ambos contendientes se sopesaban mutuamente caminando en círculos, la mirada de la bestia reflejaba una inteligencia diabólica, pero también miedo, algo los había asustado y obligado a bajar de las colinas, pero eso no daría cuartel a ninguno de los dos oponentes...

Aribeth intentaba abrirse paso, aquello no era una batalla, era un caos, la gente corría en todas direcciones, algunos sacerdotes lanzaban sortilegios protectores entre los árboles para evitar que los lobos entrasen en tropel, algunos leñadores blandían sus hachas sin mucha fortuna, pues no eran hombres de armas y los soldados, estaban diseminados sin orden ni concierto mientras los lobos atacaban y cazaban como una manada. Aribeth se alejó hacia los árboles intentando zafarse como pudo de cualquier encuentro no deseado...

-¿Qué haces aquí? niña-

Fue increíblemente rápido, oyó una voz a su espalda y cuando se dio la vuelta vio como la enorme bestia negra había saltado sobre la garganta del paladín, un sello se liberó chispas áureas saltaron de los dos cuerpos que se revolcaban en el suelo y un gruñido de dolor mientras el enorme lobo saltaba por los aires. La maza del paladín estaba a los pies de Aribeth y esta intentó cogerla... no pudo hacerlo, apenas la movió. ¿Cómo era capaz aquel hombre de blandirla como si fuese una vara de chopo? se consideraba una chica muy fuerte para su edad, ahora su corazón se compungía, quizá tenían razón al rechazarla, quizá ella no podía ser paladín...

-¡Aléjate niña!- El paladín se mantenía en pie a duras penas, ahora que había caído su casco podía verse su rostro pálido salpicado por motas de rojo intenso, su coraza que antes brillaba y refulgía en bruñido acero también despedía destellos rojos hasta la cintura, la mano izquierda del paladín no se despegaba de su cuello, frente a el la enorme sombra con garras y colmillos se alzaba de nuevo con un rugido...

Aribeth corrió avergonzada hacia la abadía, cuando las lágrimas se lo permitieron, pudo ver como algunos soldados entraban por la puerta del Valle cargando contra los lobos, la batalla acabaría ahí. un grito sonó a su espalda como si le desgarrase el corazón, las lagrimas asomaron de nuevo, no iban a llegar a tiempo, el paladín moriría y los soldados no llegarían a tiempo, miro el martillo que tenía en la mano y buscó a su alrededor, cerca un enorme lobo gris estaba tumbado inerte sobre el cuerpo de uno de los mercaderes y en el lomo tenia clavada una espada corta, la cogió, la sopesó y tiró el martillo mientras echaba a correr por donde había venido.

Cuando llegó al lugar vio como el paladín hacia lo posible por zafarse de las mandíbulas del lobo que arremetían con horribles dentelladas...

-¡No!- gritó Aribeth mientras corría hacia la escena con la espada entre las manos y sin saber muy bien que debía hacer con ella, el lobo se giro hacia la niña y casi instintivamente salto con la boca abierta contra su cabeza, Aribeth intentó cubrirse con la espada apuntando hacia el lobo...

La bestia lo comprendió antes de llegar a notar la hoja en su garganta, su instinto y sus heridas le habían traicionado, cayó encima de la niña, intentó levantarse, pero le costaba respirar y tenia la boca llena de su propia sangre, dio un traspié y calló muerto.

Aribeth tardó bastante en quitarse de encima al pesado animal y corrió donde el paladín permanecía tumbado, la hierba alrededor parecía haber florecido en tonos rojos, la mirada del hombre se perdía en las estrellas que se entreveían entre las ramas de los árboles, su respiración era arrítmica y trabajosa, de vez en cuando tosía soltando esputos sanguinolentos...

Aribeth puso las manos sobre su pecho y se concentró todo lo que pudo y rogó todo lo que pudo, había visto hacer aquellos a los sacerdotes de la abadía mil veces, poco a poco noto una agradable calidez que nacía de su corazón y se deslizaba suavemente con un ligero cosquilleo hacia sus brazos y después la abandonaba a través de sus manos, en ese momento tuvo miedo y retiró las manos, abrió los ojos y vio como el paladín pestañeaba...

- Ayuda, por favor, alguien... -las palabras eran un susurro, la voz se escapaba de su garganta antes de llegar a su boca, giró la cabeza y vio a la niña sentada en el suelo a su lado, manchada de sangre de la cabeza a los pies -¿eres un ángel?- preguntó

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